
Escuchar también es amar. Amas cuando recibes todo lo del otro y lo acoges en tu lugar seguro. El amor abre las puertas de la vulnerabilidad, de la senda de la aceptación del otro en ti y de ti mismo. Es aceptar al otro en todo su ser.
Escuchar en intimidad, dando toda tu atención, ofreciéndote como hogar, sin juicio, en sintonía armónica, más allá de las palabras, escuchando y sintiendo al otro. Escuchar en la pareja libera de antiguos miedos, ciclos y patrones ancestrales, si llevas la carga de haber sido el muro de la presa que ha protegido a tu familia de antiguos mandatos y lealtades de tu familia de origen, ser escuchado facilita su alivio, como el del agua estancada del pantano que se libera para permitir que el río vuelva a ser río, libre, sano y limpio. No sólo escuchar, sin embargo, escuchar, también.
Permitirte recibir la vulnerabilidad del otro te amplía la capacidad de vivir la tuya, de volver a conocer tu autenticidad, de ofrecérsela al otro y de volver a mirar a tus miedos e inseguridades con ternura, sin juicio, con atención y aceptación. Facilita el camino del crecimiento de cada uno, largo, vital, acompañado en unas ocasiones y en solitario otras.
Oír y no escuchar, cerrar la entrada a aquello que te perturba del otro porque está llamando a las puertas de tus miedos, inseguridades o de tus partes no aceptadas, te puede proporcionar la sensación de mantenerte a salvo, aparentemente, durante un tiempo. Posiblemente con un coste, un peaje que en algún momento aparezca.
Cuando aparece lo vulnerable de uno mismo, o hay que atender a lo vulnerable del otro, y se vive como un coste que hay que pagar en la pareja, como un peso que no me corresponde llevar, se exige y presiona al otro para que haga, por lo menos, igual esfuerzo que el que yo hago, que pague el mismo precio que yo pago por obtener el beneficio de estar en esta relación, alimentando esta escalada simétrica.
Amar también es escuchar con toda atención, acogida y sin juicio.
